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lunes, 2 de mayo de 2016

HISTORIAS DE LUZ

Dieciséis años tenia cuando se dio cuenta que algo cambiaba lentamente en su interior. Un niña enamorada, una niña al fin y al cabo. Y sin embargo, decidió, que su vida no era nada sin el ser que incipientemente llegaría a tener con solo 17 años. Una niña que decidió dejarlo todo para acompañar al amor de su vida y cambiar de ciudad, de vida, sin más anhelo que ser feliz.

Aquella niña que varada se quedó en una ciudad extraña, mientras su marido que solo tenia 18 años, se iba al desierto, por que de voluntario podría ganar algo de dinero, para alimentar a su hijo.

Podría poneros fotos de aquella niña de piernas largas, de pelo negro como el azabache, preciosa. Una Malagueña que enamoró a un sevillano, que lo dejó prendado desde el primer día que cruzaron sus miradas. Podría contaros como desde que decidió dejar de ser esa niña y convertirse en la madre de este que os escribe y cuatro años después de otro ser maravilloso, que es mi hermano. No ha dejado de luchar ni un solo segundo. No la he visto decaer el animo delante nuestra, aun sabiendo que esta jodida vida, ha sido dura, muy dura.

Podría contaros tantas cosas. Pero solo os contaré una. El orgullo de haber nacido de su vientre, de llevar sus genes y su apellido. De saber que en cualquier momento de mi vida, no me he sentido solo y desamparado. Que aunque haya sido duro criar a un tío como yo, nunca tiró la toalla. En los momentos mas duros, me dio la mano, el alma, todo. No puedo comprender mi vida sin la suya. No puedo entender que soy como persona, sino es mirándome en el espejo y ver cuanto hay de ti en mi.


Podría ser una historia inventada, pero es real, fidedigna y verdadera. Podría alabarla eternamente y decirle por este medio, que es la mejor madre del mundo. Pero prefiero decírselo a la cara todos los días.

No hay mejor madre del mundo. Solo hay madres. Ya la palabra en sí encierra el vértigo del compromiso eterno de cuidar de aquello que decidiste tener por propia voluntad.

Tu que sigues llamándome todos los días, que te preocupas cuando salgo de viaje,  tu que nunca me has dicho una mala palabra a pesar de que me merecía más de un palo.

Ahora tengo el privilegio de ver como cuidas de tu nieto con el mismo cariño en la mirada, con el que me cuidabas a mi. Solo puedo pedir una cosa. Que este cariño que sigues dándonos nos dure otros 43 años más.

Te quiero mama.